En las aguas que rodean Canarias, donde la luz se apaga a pocos cientos de metros y el océano empieza a parecer otro mundo, un encuentro fortuito ha dejado una de esas imágenes que rara vez llegan a documentarse. Un tiburón duende (Mitsukurina owstoni), especie de hábitos profundos y registros escasos, fue observado y grabado con vida en el entorno de Gran Canaria, un hecho que los investigadores consideran importante para afinar el mapa real de su presencia en el Atlántico.
El episodio se sitúa en mayo de 2024, durante una jornada de pesca recreativa frente a la costa oriental de Gran Canaria. La captura fue accidental, con caña y carrete, a varios kilómetros de la costa y en un rango de profundidad cercano a los 900 metros, mientras se buscaban otras especies que suelen moverse en esa franja. El animal permaneció un breve tiempo junto a la embarcación, suficiente para obtener material gráfico y comprobar su identificación antes de proceder a su liberación.
Lo relevante no es solo lo llamativo del hallazgo. La documentación del ejemplar se ha incorporado posteriormente a un trabajo científico especializado, donde se presenta como el primer registro confirmado de un tiburón duende observado con vida en aguas canarias y como una de las pocas referencias verificadas en la región macaronésica. En un territorio donde el talud continental desciende con rapidez, cada dato ayuda a entender mejor qué especies utilizan de verdad los hábitats profundos y con qué frecuencia aparecen.
Un pez casi invisible para la ciencia, pero muy reconocible
El tiburón duende es, paradójicamente, fácil de reconocer cuando se deja ver. Su rasgo más característico es un hocico largo y aplanado que se proyecta hacia delante, acompañado de un mecanismo mandibular muy particular, capaz de adelantarse para capturar presas. En las imágenes del ejemplar observado cerca de Gran Canaria se distinguen dientes finos y alargados, ojos pequeños y un cuerpo de aspecto flexible, con dos aletas dorsales redondeadas. La cola, además, suele presentarse alargada y con una forma que también ayuda a diferenciarlo de otros escualos de profundidad.
El ejemplar medía alrededor de 2,5 metros. Por la ausencia de órganos copuladores visibles, se interpretó que podía tratarse de una hembra, aunque en este tipo de encuentros breves lo más prudente es hablar de una identificación basada en señales externas. Tras cortar el sedal y facilitar su salida, se observó al animal descendiendo con movimientos activos, sin daños evidentes en el cuerpo, un detalle relevante en una especie de la que, con frecuencia, solo se obtiene información a partir de individuos que llegan sin vida.
A escala mundial, esta especie sigue siendo una rareza documentada. Desde que fue descrita a finales del siglo XIX, se han registrado menos de 250 individuos, una cifra que explica por qué cada observación aporta piezas nuevas a un puzle todavía incompleto. Se trata de un tiburón con distribución amplia pero muy irregular en aguas templadas y tropicales, asociado a profundidades que suelen moverse entre 250 y 1.500 metros, aunque puede aparecer en rangos distintos según el área y las condiciones oceanográficas.
En el Atlántico nororiental, las citas verificadas han sido esporádicas, con apariciones puntuales en distintos puntos del entorno ibérico y macaronésico. Ese patrón, más que indicar una ausencia total, suele señalar lo difícil que resulta estudiar con continuidad el océano profundo, donde los muestreos son limitados y los encuentros dependen a menudo de la pesca incidental o de campañas científicas costosas y poco frecuentes.
El registro en Canarias añade además una lectura ecológica interesante. Las islas concentran una notable biodiversidad en profundidad, con presencia de numerosos tiburones y rayas por debajo de los 200 metros. En ese contexto, la aparición de una especie tan poco observada encaja con la idea de que el talud canario funciona como corredor y refugio para fauna de aguas profundas. También recuerda que, aunque no existan grandes pesquerías dirigidas a estos escualos, las capturas accidentales siguen siendo un factor a vigilar.
Más allá del caso concreto, la conclusión es clara: el océano profundo continúa siendo un territorio con grandes lagunas de información. En especies raras, un solo registro bien documentado puede reajustar hipótesis sobre distribución, tamaños, madurez o patrones regionales. En este caso, el encuentro frente a Gran Canaria no solo deja una imagen excepcional, también refuerza la necesidad de mejorar la observación y el seguimiento científico de los fondos y taludes que rodean el archipiélago.

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