Hay veranos en los que la medusa no solo se queda en la orilla, también acaba en la red. Y ahí empieza el problema: ocupa espacio, estropea capturas, encarece faenas y, al final, se convierte en biomasa que casi siempre se desaprovecha.
Pero ese estorbo recurrente del Mediterráneo puede salir caro… o puede empezar a pagar. Un proyecto de investigación ya concluido ha validado que las medusas capturadas de forma accidental pueden convertirse en materia prima para obtener colágeno marino, con un horizonte claro en biomedicina y en el desarrollo de nuevos biomateriales.
La clave está en que lo que hoy es coste para el sector podría transformarse en recurso, siempre que se consoliden protocolos, apoyo técnico y una cadena de trabajo estable. Y el proyecto ha dejado un mensaje nítido: hay disposición entre los pescadores para dar el salto, aunque no basta con la buena voluntad.
Del descarte al biomaterial
El trabajo se ha articulado desde un instituto universitario centrado en medio ambiente y ciencia marina junto a un centro estatal especializado en ciencias del mar, bajo el nombre de COLMED, planteado como “recurso innovador del Mediterráneo en biotecnología azul”. El objetivo no era menor: pasar de la proliferación de medusas como problema a una oportunidad real, enmarcada en bioeconomía circular y residuo cero.
En las muestras analizadas, las especies más registradas fueron la medusa de barril (Rhizostoma pulmo) y la medusa luminiscente (Pelagia noctiluca). Ahí aparece el dato que sostiene todo lo demás: el colágeno extraído de Rhizostoma pulmo procedente de capturas accidentales mantiene su integridad molecular y conserva la estructura de triple hélice propia del colágeno tipo I, lo que dispara su interés para aplicaciones biomédicas y biotecnológicas.
Parte del desarrollo técnico se ha realizado en laboratorio, donde se trabajó tanto con soluciones de colágeno como con scaffolds, estructuras tridimensionales porosas fabricadas con biomateriales, , una pieza habitual cuando se piensa en ingeniería de tejidos y soportes para regeneración. La extracción no se quedó en una prueba puntual: se optimizaron protocolos de recolección y de obtención del colágeno en colaboración con pescadores artesanales, precisamente para que el proceso pueda ser replicable fuera del entorno académico.
Queda por ver si el mercado acompaña. Porque la ciencia, por sí sola, no saca a flote una nueva actividad. El proyecto también se metió en el barro del día a día, analizando cómo percibe el sector pesquero las proliferaciones de medusas, qué impacto tienen en la actividad y qué condiciones deberían darse para que la “valorización” sea algo más que una palabra bonita. La conclusión, sin adornos: existe una actitud positiva hacia aprovechar estos organismos, aunque se subraya la necesidad de respaldo institucional, económico, técnico y formativo si se quiere consolidar la transición.
El enfoque participativo ha sido otra de las patas del trabajo. Se implementó un modelo de cooperación entre ciencia y sector pesquero, y se reforzó el conocimiento sobre presencia y estacionalidad de medusas en el Mediterráneo. A pie de cubierta, y no solo en el despacho, se realizaron talleres, se elaboraron guías ilustradas y se desarrolló trabajo a bordo con pescadores.
La parte territorial también dejó huella. Se trabajó con cofradías de Moraira, Jávea, El Port de la Selva, Cadaqués y Roses, incorporando a los profesionales del mar en la recolección y en la gestión del recurso. No fue una colaboración decorativa: el sector aportó también a la monitorización a través de plataformas de ciencia ciudadana marina como Observadores del Mar y del Proyecto Alerta Medusas, que sirven para registrar avistamientos y evolucionar en tiempo real el mapa de presencia.
Los resultados científicos han sido publicados en Marine Drugs, y el proyecto se presentará en el ‘Jellyfish Bloom Symposium’, que celebrará su octava edición en Irlanda. Ahí, la discusión ya no será local ni mediterránea, porque el fenómeno de las proliferaciones de medusas y su impacto económico es un asunto compartido en muchas costas.
Detrás de la etiqueta de “innovación azul” hay una idea sencilla: si las medusas van a seguir apareciendo, conviene dejar de tratarlas solo como un residuo. Y si el colágeno obtenido mantiene las propiedades que se han observado, el Mediterráneo puede estar sentado sobre un recurso que hoy se tira por la borda.
El proyecto, además, se ha desarrollado con la colaboración de la Fundación Biodiversidad del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, dentro del Programa Pleamar, y ha contado con financiación del Fondo Europeo Marítimo, de Pesca y de Acuicultura (FEMPA) de la Unión Europea. En el calendario queda un dato que sitúa la noticia: se presentó con fecha 21/02/2026, y el reto que abre no es de laboratorio, sino de transferencia al mundo real.

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