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Las mejores horas para pescar, entre el amanecer y la noche, y cómo varían según la estación

persona pescando

Buscar la “mejor hora” para pescar suena a cuestión de reloj, pero en realidad tiene mucho de biología y de entorno. La actividad depende de la luz, de la temperatura del agua, de la presencia de alimento y, en el mar, del empuje de corrientes y mareas. Cuando esas variables se alinean, el pez se mueve con más intención, patrulla zonas de paso y la picada suele ser más franca.

El amanecer y el atardecer destacan por un motivo simple, son momentos de transición. La luminosidad cambia rápido, muchas presas se desplazan, y los depredadores aprovechan ese margen en el que hay visibilidad suficiente para cazar, pero sin la exposición del sol alto. Por eso las franjas crepusculares aparecen una y otra vez como ventanas productivas, tanto en agua dulce como en costa.

En el mar, esa regla se cruza con otro calendario, el de la marea. La marea no solo sube y baja, también genera corriente y arrastra partículas, pequeños organismos y bancos de cebo. En estuarios, puntas de roca, espigones o rompientes, el agua en movimiento puede concentrar alimento y colocar a los peces en corredores naturales, donde gastan menos energía y esperan a que “pase” la comida. En esos escenarios, un amanecer con corriente marcada puede superar a un atardecer con mar plano, aunque la luz sea igual de favorable.

La estación manda, temperatura, oxígeno y duración del día

Las diferencias entre estaciones se explican, sobre todo, por fisiología. Los peces son ectotermos, su metabolismo cambia con la temperatura del agua y eso modifica cuánto comen, con qué frecuencia y durante cuánto tiempo se mantienen activos. Además, el agua caliente retiene menos oxígeno disuelto que el agua fría, mientras que el calor incrementa la demanda de oxígeno del propio pez. En episodios de calor fuerte, esa combinación puede empujar a los peces a buscar profundidad, sombra, entradas de agua más fresca o zonas con turbulencia, y también a concentrar la alimentación en horas más suaves.

Por eso, en verano suele rendir mejor la primera hora del día y el último tramo de la tarde. La superficie se calienta rápido, la claridad aumenta la cautela en aguas tomadas y, en embalses, rías o láminas de agua quietas, el oxígeno disponible puede caer. Si se pesca a mediodía, a menudo conviene ajustar el planteamiento, buscar capas más profundas, trabajar estructuras donde el pez se refugia o localizar corrientes que renueven el agua. La noche gana peso en meses cálidos, no como promesa automática, sino como alternativa real cuando el calor reduce la actividad diurna y ciertas especies se acercan a comer en penumbra.

En invierno, en cambio, el patrón suele girar. Las primeras horas pueden ser más lentas, y la franja central del día cobra valor, especialmente en zonas someras que se templen con el sol y ganen unos grados. La primavera es una transición progresiva, sube la temperatura, se alarga el día y pueden aparecer picos vinculados a ciclos reproductivos, con jornadas muy distintas entre sí según el momento. En otoño, con el calor en retirada y una oxigenación más estable, muchas especies mantienen una alimentación más regular y la ventana útil tiende a ampliarse, con más horas aprovechables sin depender de un único tramo.

La fase lunar añade otra capa, sobre todo en el mar. Luna nueva y luna llena suelen asociarse a mareas más vivas, y más marea acostumbra a implicar más corriente y más transporte de alimento. Aun así, el efecto real depende del lugar, de la claridad del agua, de la presión de pesca y de la especie buscada. Por eso hay quien combina tablas de marea con ventanas solunares para afinar el momento exacto, en lugar de limitarse a “mañana” o “tarde” como categorías generales.

También influye el tiempo, especialmente cuando cambia. Variaciones de presión atmosférica se han relacionado con alteraciones en la actividad, con repuntes antes de ciertos frentes y periodos más apagados cuando se instala una alta presión estable. No es una ley rígida, pero ayuda a entender por qué dos atardeceres similares en el reloj pueden rendir de forma distinta en el agua.

En definitiva, la mejor hora no es un número fijo. Es la suma de luz en transición, temperatura dentro de un rango cómodo, oxígeno suficiente y, en el mar, corriente que “alimente” el escenario. Leer esa combinación, y adaptarse a la estación, es lo que convierte un horario correcto en una jornada realmente productiva.

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